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Viejos

On Intuiciones de un don nadie

Lisboa, abril de 2014. Acostado sin fuerzas en la cama del hotel espero el final de la tarde y veo cómo se apapga una luminosidad que en mi ciudad no existe. La TV, encendida hace horas sin que nadie la escuche, de pronto muestra noticias sobre jubilados en Portugal.

Es el penúltimo día de este viaje y miro la televisión con la nostalgia ansiosa del día antes del retorno a casa: mientras un narrador menciona cifras y porcentajes de salud y pensiones las imágenes, todas, muestran grupos de viejos sentados en pares o grupos en bancos de avenidas o plazas. Hay una postura corporal universal: bastón entre las piernas, espalda encorvada, ambas manos sobre el mango. El sol y el calor primaverales parecen no hacer diferencia: todos usan boinas, camisas gruesas, muchos incluso chalecos.

¿Dónde están estos viejos en mi ciudad?

¿Dónde están al menos en ese Londres de las postales extranjeras y propias, de Westminster y la City o los Shoreditch, Kentish Town, o Dalston que se multiplocan día a día?

¿Qué fuerza -personal, social, cultural, económica- los aleja de las miradas de esos cientos de ejecutivos, pretenciosos, jóvenes, adeptos del wellness, cultivadores del dinero, turistas, regulares del local que cobra caro y sistemáticamente para verse antiguo, barato y cuidadamente desordenado?

LLUVIA

On caldo de aventuras

Cuando sale el tema de cuál es mi estación favorita, y para contravenir un poco a los amantes incondicionales del verano, siempre respondo que las dos templadas, cualesquiera. El calor siempre trae recuerdos antiguos e intensos, sí, para bien o para mal, quizá demasiado. Además, uno encanece inevitablemente, y julio viene a recordarme que cumplo un año más. Si coincide que tu estado no es el más esplendoroso, o estás convaleciente por equis, la canícula se convierte en una suerte de sopa agria picante donde flotan los trozos de ti mismo. Antes de acabar mal, hay que buscarse un salvavidas, y en este caso es el libro de relatos "Rain and Other South Sea Stories", de Somerset Maugham (1921).

Con este ambiente que oscila entre tormentoso y tórrido, es fácil ponerse cómodo y sentirse en la piel del escritor, espía y viajero británico, tomando notas desde alguna hamaca en la cubierta de un vapor, o contemplando la lluvia interminable desde la ventana de algún hotelucho, perdido en los mares del sur. El relato que abre y da título al libro es una delicatessen para degustar con un té o un whisky mientras cae el diluvio veraniego. Maugham sabe crear personajes vivos, y sospechas que de alguna forma son copias de gente real. Sus dotes de observación, la ironía fina, el manejo de las distancias al narrar, convierten esto tan complicado de escribir en una maniobra fácil, como si fuera un capitán curtido que nos lleva a puerto impasible, no importa en qué condiciones esté el mar, para nuestro alivio y felicidad de lectores.

No me gusta delatar argumentos y, como el autor, evitaré juicios y prejuicios. Ahí están la fe, los impulsos profundos, el sacrificio o la huida, la hipocresía y la verdad, el lugar de la mujer en el mundo. Muchos temas candentes que aún no están resueltos. Existen varias versiones cinematográficas, y alguna teatral, aunque sólo he visto y puedo recomendar la de 1932, protagonizada por una Joan Crawford emergente, que no necesita mucho para hacerse dueña de la pantalla, con una réplica interesante de Walter Huston, padre del director John. Para mi gusto, creo que el relato es más contundente que el guión, un tanto suavizado en una época de depresión y necesidad de taquillas sostenibles. De cualquier forma, os invito a leer un rato, o a ver blanco y negro en vuestras pantallas de plasma hasta que pase el mal tiempo si no el aburrimiento. Feliz verano.

http://www.archive.org/details/rain1932

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