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WHAT YOU NEED

On caldo de aventuras

A veces me hablan de tal o cual libro, si lo he leído o lo tengo, si puedo conseguirlo, prestarlo... Echo una mirada a mi polvorienta y desordenada biblioteca y repaso títulos en ese afán, y claro, encuentro el pedido pero también viejos amigos. Cuando niño, en el ático familiar, la librería se limitaba a coleccionables encuadernados de un diario, algún obsequio de caja de ahorros, una enciclopedia universal gruesa, monovolumen blanco y negro (de contenido infalible y censurado, cómo no) con algunas deliciosas láminas en color, de Herder, y cuatro ofertas de bienvenida que colaron de Círculo de Lectores. Bastante trabajo en general tenían mis padres, dentro y fuera de casa, como para perder el tiempo leyendo, cuando apenas si pudieron hacerlo en su cruda infancia. A excepción del sagrado periódico dominical suplementado, que esperaba ansioso tras la concienzuda revisión de mi padre. Así que cualquier objeto legible se convirtió para mí en un tótem de culto, una puerta indescifrable a otros mundos, y conseguirlos supuso una auténtica fuente de felicidad.

Recuerdo con alegría el tiempo de estar enfermito y acostarme con Julio Verne, Twain, Stevenson, o con la serie de Los Tres Investigadores, milagrosos regalos de recuperación. Incluso ojear un diminuto Antiguo Testamento con su aspecto arcano y ese papel biblia tan frágil, de esquinas indominables, y disfrutar con las aventuras de aquel tipo de aspecto hippie, con superpoderes, o de las batallas alucinógenas del amigo Juan, y que alentaban una serie de preguntas incómodas para mis sesiones de catequesis ante la inminente comunión. Por contra, mi poder adquisitivo era limitado, y tenía que desafiar además a la necesidad del dulce, los sobres sorpresa, los ayrgamboys, un tebeo, así que conseguirme un libro de forma autónoma llevó tiempo. Necesité comisiones por hacer las compras -olvidos de mi madre- y recados, y una paga semanal más generosa, apoyada por mis buenas notas, útiles al menos para mendigar una moneda extra en una economía siempre en crisis.

Uno de los primeros libros que recuerdo haber comprado, y que todavía conservo con veneración, pese a su estado terminal, es "Galaxia", una recopilación de ciencia-ficción que firmaba Kurt Singer, editada en 1981. Cuando pasaba por la papelería de la esquina, con la excusa de comprar una goma o un sacapuntas, solía aprovechar para revisar el expositor giratorio de ediciones baratas de bolsillo, fascinado por sus portadas, en especial aquellas que hablaban de ir más allá, ya fueran ensayos sobre ovnis, astronomía, parapsicología, y por supuesto, las historias de marcianos. Y algunos libros ya los consideraba míos, sólo era cuestión de tiempo. Así que aquella portada con la galaxia de Andrómeda me sedujo hasta tener que vaciar los bolsillos del todo y poder disfrutarla. En realidad el conjunto de relatos original se titulaba "Science Fiction Omnibus", una antología de 1952 hecha por Groff Conklin, con traducción de Alfonso Espinet. Las doce historias eran bastante variadas, originales y sorprendentes para mis diez añitos.

El que recojo aquí en cuestión, 'What You Need', incluso recibiría un premio "retro Hugo" en 1996, y lo firmaba Lewis Padgett, uno de los seudónimos del matrimonio norteamericano entre Henry Kuttner y C.L.Moore. Tuvo adaptaciones televisivas en 'Tales of Tomorrow', (1952) y 'The Twilight Zone' (1959), y también inspiró a Stephen King en una de sus primeras historias. Lo que me atrapó del cuento fue ese hilo de unión entre lo cotidiano y lo fantástico, esa mezcla de thriller, ciencia ficción, toque Lovecraft, y su humor trágico. El estilo es suelto, dialogado, directo, ideal para su adaptación a la pantalla. Este tipo de argumentos luego me llevarían a Bradbury, a Cortázar, Borges, Bioy... Uno va de planeta en planeta como en un pinball violento y azaroso, y la vida es corta para todo lo que queda por leer (que sepamos) pero siempre quedan lugares mágicos que volver a visitar de vez en cuando.

LA HISTORIA DE UN BESO

On caldo de aventuras

Señoras, caballeros:

Bienvenidos otra vez a un nuevo San Valentín, un día sin igual para hablar de amor sin sentirse demasiado incómodo. Por cierto, ¿recuerdan ustedes su primer beso romántico? El mío fue perpetrado en un baile del instituto, cuando aún había ocasión de bailar agarrado. No hubo demasiados preámbulos, y aquella simpática pelirroja y yo nos besamos como si no hubiera un mañana... Y efectivamente, al día siguiente ya se había olvidado de mí, como si todo hubiera ocurrido en mi imaginación, frustrando mi pasión de novato.

Puede que desde entonces arrastre esa asignatura pendiente. La realidad, comparada con nuestras ilusiones, suele ser un desastre, o una copia de mala calidad. Así que voy a confesar que cuando me siento blando y nostálgico, y en el fondo necesito conectar con ese lado inocente y feliz que duerme escondido en algún cajón olvidado, cuando me siento más azul... acudo al blanco y negro, a los queridos musicales de los años treinta, y cómo no, a los incomparables Fred y Ginger.

¿Y dónde podía encontrar yo mejor ejemplo de amor ideal? Sus comedias sentimentales y desenfadadas, de diálogo chispeante, en medio de unos decorados teatrales, fabulosos, y donde un baile o una canción (con temas memorables de Irvin, Gerswin o Porter, clásicos todavía hoy) solucionan cualquier conflicto de pareja. La complicidad, el talento, la química entre ambos hacía pensar inevitablemente que eran algo más en la vida real. Siempre ha habido rumores sobre su posible relación, incluso las malas lenguas decían que se llevaban fatal. ¿Cómo podía ser? Hasta el punto de que el público se preguntaba, despúes de varias películas de amor y final feliz, cómo era posible que nunca, absolutamente, se besaran en la pantalla.

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